c/Intemperie, sin número

Tenía un juego: adivinar, sólo por su forma de caminar y por la curvatura de su espalda, el tamaño de los pechos de las mujeres según se acercaba a ellas en el metro o en la calle. Lo llevaba a cabo sin molestar a nadie, todo ocurría en su mente. Le producía una gran alegría comprobar que había acertado (pequeñas y a su altura, grandes y separadas…), cuando ella se giraba en el quiebro de la esquina, o si tenía la oportunidad de adelantar a la chica, y echar entonces un vistazo rápido y discreto sobre su hombro.
Ser alcohólico era su manera de soportarse a sí mismo, en cuanto a los demás, en general partía de la premisa de que todo el mundo era un hdp hasta que demostrase lo contrario. Había transformado el imperativo categórico de Kant en “trata a todo el mundo como si su fin fuera putearte”. Debido a esta actitud defensiva tenía pocos amigos y evitaba el albergue, donde ya le habían robado un par de veces.
Pasar el día entre atontado y adormilado por el vino de cartón hacía más llevadero el recuerdo doloroso y dulce de una vida mejor. Había sido niño y lo habían querido y cuidado, había sido joven, guapo, había estudiado y había tenido un trabajo, una familia… había sido como ellos hasta que todo se rompió.
Ahora el alcalde de su ciudad había decidido que él no iba con el nuevo mobiliario urbano, con esos bancos de 3.000€, esas luminarias de 6.000€ y el pavimento de 100€/m² que “configuraban un espacio único para la interrelación y el encuentro de ciudadanos y visitantes”, gilipollez que había leído en el 20 minutos con el que se tapaba esa noche. Él, por lo visto, no estaba comprendido en ninguno de los dos términos: no era “ciudadano” por no tener domicilio, y no era “visitante” porque no iba a ninguna parte, así que su destino -algo seguramente inconstitucional- era acabar obligatoriamente en el albergue atestado de lobos… que ya lo dijo Hobbes.

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