Pepe

  
José es un español medio. 

Todo llegó en este orden, como ha de ser: la mili, su esposa (primera y única novia), su piso, su coche y sus dos hijos, hoy ya treintañeros, pero que siguen viviendo en casa… ellos no lo tienen tan facil como cuando él era de su edad. 

De joven no tenía una vocación clara, así que eligió una profesión “con muchas salidas”, como le aconsejó su padre. Afortunadamente (pues no le gusta mucho viajar) al terminar de estudiar encontró trabajo “de lo suyo” en la ciudad en la que nació y creció, una pequeña capital de provincia. No entiende que sus hijos, más cualificados que él, estén en el paro. El segundo incluso es Doctor en Biología, pero José comprende muy bien los recortes en ciencia, “porque, aunque nos duela, hay ciertas cosas que no nos podemos permitir”.

Es averso a las sorpresas, y le encantan las píldoras de ideas ajenas, los lugares comunes, se está tan cómodo en ellos… por eso repite cosas del tipo:
“En la meseta hace un calor horroroso en verano, pero se lleva mejor que el calor de la costa mediterránea, porque es un calor seco, y con el calor húmedo no paras de sudar: prefiero 40° en Madrid a 30° en Barcelona”. 

En su piso de 90m2 se permiten el lujo de tener un salón de exposición “para las visitas”, mientras los cuatro hacen la vida en un minúsculo cuarto de estar; así es más acogedor. En ese salón es donde están expuestas las joyas de la casa: una escena campestre de Lladró, la enciclopedia Larousse que a principios de los años 80 costó 300.000 pesetas, a plazos, y la colección Biblioteca Básica de TVE de Salvat, una recopilación económica de grandes clásicos de la literatura de los que nunca ha abierto ni un título. La enciclopedia sí: con ella estudiaban los chavales, antes de que la wikipedia esa devaluase su importante inversión.

En casa se compra La Razón, antes leía el ABC, pero siguió fiel a Ansón cuando cambió de medio. “El coletas quiere romper España y empobrecernos a todos, el del SOE es tan incompetente como Zapatero, y Rivera tiene la edad de un becario”. Digiere bien las consignas prefabricadas, y se identifica mucho más con ese señor de Pontevedra que mora en la Moncloa que con el resto de candidatos. Al fin y al cabo comparten aficiones: los domingos misa por la mañana, y un puro a media tarde mientras escucha las cuatro horas de carrusel deportivo. 

Con su mujer no habla mucho, y con los hijos menos aún, justo por eso se sorprendió aún más al descubrir -durante la cena de Nochebuena- que cuatro días antes ninguno de ellos había votado “por la estabilidad, por recuperar la senda del crecimiento, y por la honradez” (aunque esto último ya no lo repetía tanto). 

Da igual: aún hay nueve millones de Josés en España, fieles y leales sobre todo y contra todo a una concepción de país que huele a sacristía y a alcanfor. Y así nos va.