¿fin de la crisis?

  
¿Cómo recuperar el crecimiento? Resulta preocupante y confuso leer las pugnas entre gurús económicos (Rogoff, Krugman, Stiglitz) tratando de responder a esta cuestión, porque la pregunta asume el marco conceptual de que esta crisis es algo pasajero, y que siguiendo unas fórmulas (austeridad) o las opuestas (keynesianismo) retomaremos tarde o temprano -y casi inevitablemente- la senda de crecimiento, el business as usual. Esto presupone ignorar las raíces materiales de la pasada prosperidad, y limitar el choque de 2008 con el techo de cristal de los límites del planeta a meros problemas de endeudamiento resolubles mediante una política monetaria u otra, cuando el dinero es una ficción, y los condicionantes materiales y medioambientales realidades tangibles.

Otra narrativa de nuestra historia reciente puede ser esta: no vivimos una crisis más, sino las consecuencias de haber alcanzado los límites del crecimiento. Sencillamente el sistema que estaba evolucionando hacia la creación de unas clases medias en los países en desarrollo -en paralelo al histórico consumismo creciente en los desarrollados- empujó los precios de la energía, los minerales y los productos agrícolas hasta los niveles de infarto de 2008. Aquel año la tendencia de extensión del progreso se interrumpió bruscamente, al igual que dejan de crecer las bacterias en una placa de petri cuando ya la han ocupado por completo, iniciándose entonces un proceso de desestabilización social en todo el mundo con múltiples derivadas que en apariencia son conflictos inconexos, pero que responden a la misma causa de fondo.

Las últimas convulsiones económicas en China y en los mercados de materias primas que sumistran a la renqueante fábrica del mundo son la consecuencia de este declive iniciado hace siete años (y bastante ha tardado en producirse, dada la situación de desempleo en Europa y EEUU, sus mayores mercados). El modelo de crecimiento ilimitado en un sistema cerrado no es sostenible, hace tiempo que rompió el equilibrio  que mantenía a costa de stocks materiales y energéticos heredados del pasado. Aunque los recursos hoy bajen de precio, lo hacen no por abundancia de la oferta (a pesar de la impresión puntual que haya podido dar el fraking), sino por destrucción de la demanda: tras un proceso de empobrecimiento que se ha cebado con las clases medias, en 2015 menos gente puede permitirse mantener los niveles de consumo precedentes. Es parte de la transición hacia un modelo de austeridad permanente, aunque nos pese. Y por si no fuera bastante lo anterior, otro antiguo factor incide sobre el desempleo en este momento de crisis sistémica, y lo hace de forma acelerada: la tecnología como destructora de empleo, pero también como uno de los últimos resquicios de esperanza ante los retos medioambientales que afrontamos.

Por tanto, ante este panorama la pregunta debería ser ¿cómo ordenar el decrecimiento? ¿cómo garantizar una mínima dignidad y calidad de vida a las distintas sociedades del planeta asumiendo que el crecimiento económico no va a darse? ¿cabe una redefinición del bienestar en este contexto? ¿qué hacemos con los excluídos por este nuevo orden mundial? ¿cómo distribuir los presupuestos públicos ante un escenario de ingresos estancados o decrecientes no pasajero?¿qué hacemos con el pago inasumible de múltiples deudas (deuda pública, empresarial o individual) contraídas confiando en la futura inflación, cuando hemos entrado en un escenario de deflación que no tiene porqué ser provisional?¿es ético (y seguro) mirar hacia otro lado y desentendernos de los desamparados (como ha ocurrido históricamente, por otro lado)? ¿por qué no hablamos de renta mínima, reducciones de la jornada de trabajo o de retorno al medio rural?

Me gustaría ver planteadas valientemente estas cuestiones, en lugar de agitar la zanahoria de la “recuperación”. Si nada volverá a ser como antes, adaptémonos con inteligencia y sinceridad a esta nueva y permanente situación, hoy -por citar como ejemplo una línea de acción más útil que los pasados rescates bancarios o los futuros rescates a los fabricantes de automóviles y a las petroleras-todavía podemos dejar de subvencionar los combustibles fósiles y movilizar recursos hacia una inversión masiva en energías renovables que palie la futura escasez energética, mañana no se sabe.

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Hitos del siglo XX

Todos los veranos las dos mismas efemérides científicas. La cara A del progreso, en julio; n aniversario de la llegada del hombre a la luna en 1969. En agosto la cara B: n aniversario de los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Sin embargo respecto a esto último hay un par de hechos que no se suelen citar:1] Setenta de los científicos participantes en el proyecto Manhattan -encabezados por Leo Slizard- pidieron en julio de 1945 que se advirtiera al gobierno de Japón sobre la existencia de la bomba de fusión, para darle al imperio la oportunidad de rendirse antes de su lanzamiento. El presidente Truman prefirió sin embargo pasar a los hechos, porque esta demostración real tenía un doble propósito: no solo forzar la rendición de los nipones, sino advertir a los “aliados” soviéticos sobre esta recién adquirida capacidad bélica.

2] Es dudoso que el emperador Hirohito hubiera decidido la rendición tan solo mediante una advertencia, como sugería Slizard. Él y su cámara apostaban más por una resistencia a ultranza al estilo Adolf Hitler, insensibles al sufrimiento que esta decisión había de acarrear a su pueblo. De hecho la rendición no se produjo tras el primer bombardeo del 6 de agosto, sino que hubo que suceder la masacre de Nagasaki tres días más tarde para convencer al “soberano celestial”. Lo incomprensible es que, tras esos hechos, la voluntad de EEUU fuera que este personaje siguiera en el trono hasta su muerte, en 1989.

    

Transformaciones

  

Como si desahogarme aquí me librase de algo, me anticipo a la turra que nos van a dar según se acerquen el 11S y el 27S, fechas que no tendrían el significado que están adquiriendo si se hubiese permitido una consulta independentista en Cataluña con normalidad británica o canadiense hace ya tiempo.

Hay quien se rasga las vestiduras ante esa posibilidad. Yo no, la verdad, y además doy por hecho que, llegados a este punto, saldrá el sí (por reacción empecinada ante las negativas previas). En parte pienso así porque yo también quisiera independizarme de unos gobiernos centrales conformados por mediocres, tanto uno como otro, y que no tiemblan al cargar a las magras arcas públicas desastres bancarios y rescates de obras mal planificadas -como las radiales, la plataforma Castor, o el canal de Panamá- al estilo La Escopeta Nacional, vaya. Sin embargo este argumento del mal gobierno central se desmorona al ver la realidad de Cataluña, gobernada por el anterior delfín de un corrupto que dice no haberse enterado de nada, y militante de un partido cuya sede está embargada. ¿Será que piensan, “puestos a robar, que nos roben los nuestros”? demasiado patético todo.

Puede que los independentistas catalanes tergiversen la historia y emponzoñen su sistema educativo con interpretaciones sesgadas, puede que padezcan (y practiquen) la corrupción y el mal gobierno como el resto, y que ejerzan un intento de centralismo sobre el patrimonio cultural de Valencia y Aragón tan depredador como el que denuncian de Madrid, además sus demandas están basadas sin duda en una insolidaridad territorial similar a aquella de la que acusan a Alemania y Holanda cuando éstas se resisten a soportar al sur mediterráneo (y esto incluye a Cataluña), acusándolo con moralina de despilfarrador y bon vivant. Al final los nacionalismos son cuestiones de pasta disfrazadas de “hecho diferencial”. 

Con todo ello, tienen derecho a decidir.

¿Será esto un síntoma del colapso que preconizan los divulgadores del peak oil: una señal más de la descomposición social inevitable ante el oxímoron del crecimiento económico eterno? ¿o, salvado el trance, la tierra girará sin más como tras las “pérdidas” de 1898, 1956 y 1976, con la única diferencia de que España y Cataluña se habrán situado un escalón por debajo de lo que representan juntas? En todo caso, si en el resto del país esto no gusta, non fotis: ¡haberse currado más motivos para hacerles sentir orgullos de ser españoles!