Individuos en la manada

Parece ser que el partido con más afiliados de España va a permitir al fin la participación de sus bases en la elección de candidatos. “Solo” han pasado 37 años desde el fin del régimen franquista, los mismos que duró aquél, así que, aunque sea tarde y llegue impuesta por la competencia, esta medida básica de democracia en la formación que se erige como heredera moral de la dictadura me parece loable (sinceramente lo digo). Lo que me fascina es el entusiasmo con el que esos afiliados que hasta ahora se limitaban a pagar la cuota y a callar obedientemente, aplauden hoy la consigna del día: “democracia directa: un afiliado, un voto”, dicen (no quieren llamarlo primarias). ¿Dónde estaban estas opiniones hasta ayer? ¿aplastadas por la disciplina de partido? A mí, que desde que pude votar por primera vez en 1994 lo he hecho a cinco opciones diferentes, esta fidelidad a prueba de Bárcenas me resulta incomprensible. Y es que vuelvo al título del post: para cambiar la sociedad -o al menos para entenderla con objetividad- hace falta pensamiento crítico y valor, y sobra sumisión. Y como me encanta tirar de la historia para forzarme a estudiar ejemplos, citaré una de cal y otra de arena:

En un extremo, el personaje de la fotografía, un afroamericano en uniforme confederado, apoyando con su servicio la causa de su esclavitud. Bien es cierto que seguramente su ignorancia sobre los motivos de la guerra que luchaba -y el miedo a las represalias- le impedían librarse de un bayonetazo del esclavista de 19 años que tiene al lado (seguramente su “dueño”) y huir al norte. Algo parecido, una mezcla de adoctrinamiento, oportunismo y odio al inglés debía de impulsar a los miembros de raza semita de la Freies Arabien Legion que lucharon para la Wehrmacht de Hitler.

Black Confederate

En el otro extremo, aquellos que desde el bando aliado antepusieron la ética y la legalidad (los criterios de la Convención de La Haya, art.25) por encima del ruido propagandístico y de las circunstancias del momento, y definieron los bombardeos civiles de Dresde, Hiroshima y Nagashaki como crímenes de guerra cometidos por los gobiernos democráticos finalmente vencedores, como hizo el laborista británico Richard Stokes, o el propio miembro del equipo científico del proyecto Manhattan, Leo Szilard, quien reconoció lo siguiente:

“Let me say only this much to the moral issue involved: Suppose Germany had developed two bombs before we had any bombs. And suppose Germany had dropped one bomb, say, on Rochester and the other on Buffalo, and then having run out of bombs she would have lost the war. Can anyone doubt that we would then have defined the dropping of atomic bombs on cities as a war crime, and that we would have sentenced the Germans who were guilty of this crime to death at Nuremberg and hanged them?”

Valor y sinceridad al margen de la manada.

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