Año 10 tras el pico del petróleo.

Últimamente leo bastante sobre decrecimiento y declive energético. En estos foros se cita el colapso civilizatorio como un hecho inevitable. Quiero matizar que no temo un colapso repentino, pero sí un lento cambio de ciclo por agotamiento de las fuentes naturales de riqueza. Tal y como reconocen muchos economistas ortodoxos a través del concepto “estancamiento secular“, al que hizo referencia este otoño Christine Lagarde (aún sin vincularlo a causas materiales), debemos ir aceptando que no volveremos a conocer periodos de crecimiento económico como los previos a 2008. Si estos pronósticos se cumplen tendremos que adaptarnos a vivir con mucho menos: la costa ya no estará a 60€ de distancia de Madrid, una camisa hecha en Asia no podrá valer 20€, y la leche que consumes no podrá costar 1€ el litro.

En síntesis los hechos son los siguientes:

Tenemos disponibles tantos combustibles fósiles como los que hemos hecho arder desde que comenzó la revolución industrial (en el caso del petróleo, unos 273 Hm3). Nota 1: en 1800 tanto la población mundial como el consumo energético per cápita eran una mínima fracción de los actuales (aproximadamente 1/6), por tanto quien haya estimado que estas reservas durarán otros 200 años yerra. Nota 2: no, no hace falta que el petróleo se agote para que el sistema económico productivo actual colapse, con que se quede sin suministro parte de la demanda las consecuencias serán catastróficas. Por otro lado en este periodo de tiempo la concentración de CO2 en la atmósfera ha pasado de 225 ppm a 400ppm. Por tanto si quemamos el resto de reservas disponibles se prevé que la concentración supere las 575ppm, con resultados de nuevo catastróficos para la agricultura y los asentamientos humanos. En definitiva, nos encontramos entre la espada y la pared: calentarnos y asfixiarnos, o parar el tiro de la hoguera y asumir una crisis económica perpetua. Por supuesto existe la alternativa de realizar una transformación profunda de todo el sistema para basarlo en energías renovables, pero 1)es dudoso que esta alternativa tecnooptimista sea materialmente factible (la propia transición requeriría concordia y dedicar a ello gran parte de las reservas energéticas de alta densidad aún disponibles, y además debería haberse iniciado hace tiempo) y 2)no parece que la voluntad política ni social vayan por esa vía, preferimos seguir viviendo el espejismo de la energía asequible, disputando en guerras las últimas reservas, hasta darnos de bruces con el hecho consumado de la escasez.

A cualquiera le resultará duro y difícil creer que la prosperidad generalizada pueda tocar a su fin en paralelo al fin de la era de energía barata, (lo de “prosperidad generalizada” lo escribo desde España, siendo consciente de que 2/3 de la humanidad no ha llegado a conocer tal cosa). Aquí también llegamos tarde al desarrollo, apenas llevábamos un par de generaciones disfrutándo de él. La de mis abuelos (década de 1920) era mayoritariamente una sociedad rural, de agricultores analfabetos que luchaban por sobreponerse a la guerra, la enfermedad y el hambre. La de mis padres (1950) vivió la migración del campo a la ciudad, el acceso generalizado a la educación y a la sanidad; prosperidad, sí, pero sin libertad. Nosotros crecimos ya en democracia, y hasta hace bien poco todo parecía ir sobre ruedas, la idea de progreso continuo e imparable se había consolidado en nuestra mentalidad colectiva (bien es verdad que incluso antes de la crisis había indicadores fuera de la media: la elevada edad de emancipación, o la escasa natalidad), pero por lo general antes del estallido de la burbuja (al que precedió, recordemos, un shock de precios de materias primas) disfrutábamos de niveles de bienestar que ahora añoramos, y que hay quien asegura que no volverán… porque puede que esta no sea una crisis más, sino la crisis de recursos definitiva que va a cambiar el mundo para peor.

Debo insistir en que escribo en clave eurocéntrica, y comparto un temor que puede ser incomprendido desde un país no desarrollado: el miedo a que nuestros niveles de vida converjan a nivel global, igualándose por el menor rasero. El fin de la dualidad. Un sistema -Noroccidente- que reduce su entropía desde hace 500 años a costa de la energía y los recursos del resto del mundo, y que desde hace 200 años además lo hace de forma acelerada gracias al trabajo de los combustibles generados a lo largo de millones de años y que ahora empiezan a agotarse: un sistema abocado por ello a colapsar.

Noroccidente ha sido depredador, parásito y esquilmador, sí, pero también ha sido creador de conocimiento, cultura y tecnología, y ha alcanzado niveles de seguridad y equidad (para con los suyos) inéditos en la historia de la humanidad. El machismo, el asesinato generalizado y organizado incluso por gobiernos, la injusticia y el abuso fueron brevemente desterrados de ciertos rincones del planeta desde 1945 hasta el presente… pero puede que esto haya sido una breve excepción, una situación local semiperfecta a la que los futuros historiadores se referirán con incredulidad e idealismo, tal y como un escribano de la alta Edad Media podía citar la Pax Romana. El máximo logro de esta sociedad floreciente, la creación de una clase media educada y creativa, será lo primero en caer: con la escasez de recursos llegará la polarización social al estilo iberoamericano o asiático, en tan solo 10 años hemos visto el inicio de esta transformación, el comienzo del desmantelamiento de un estado de bienestar que ya no parece que nos podamos permitir. ¿Lo siguiente?, muy probablemente una crisis interminable, un largo periodo de inestabilidad, retroceso social, economía de guerra y declive demográfico a lo largo de las siguientes décadas. Solo cabe 1)reconocer el problema, y 2)contribuir a que el descenso sea tan suave como para posibilitar una transición ordenada y planificada hacia un nuevo modelo de austeridad forzosa y crónica.

Lo peor (o, por el contrario, nuestra esperanza) es que quizá nos ha faltado muy poco para vencer los límites naturales del desarrollo, puede que tan solo 50 años más tan brillantes en ciencias como los precedentes nos hubieran bastado para alcanzar el control total sobre el ADN, para idear y desarrollar nuevas fuentes de energía como la fusión nuclear, y salir a buscar a los asteroides y satélites los minerales más escasos en la Tierra, o para lograr la singularidad tecnológica (la inteligencia artificial que a su vez podría contribuir a resolver todos nuestros retos). 

Puestos a soñar sobre lo que podríamos alcanzar durante una prórroga así, pediría puerilmente que existiera un único gobierno mundial democrático que lograse estabilizar la población humana y proteger la biodiversidad, apostando por la investigación tecnológica y las inversiones en energías renovables como vía para que la homogeneización de los estándares de vida mundiales ocurra en un nivel más cercano al noroccidental que al de los países de cola… y más que por mí lo pido por quienes vivirán en 2050.

 

/home/wpcom/public_html/wp-content/blogs.dir/f7b/36705395/files/2014/12/img_0932.jpg