Por qué no necesito la religión

¿Cuál es es sentido de la vida?
Si me preguntas si existe una razón, un objetivo que mueva o motive nuestra existencia y la de la sociedad podría responderte desde la más pura y fría racionalidad (¿acaso no es éso lo que se espera de un ingeniero-robot?) describiendo la organización del conjunto y nuestro sitió en él… en definitva, la respuesta de una abeja tratando de alcanzar a comprender cómo funciona la colmena. Así, por ejemplo, las misiones de cada pieza serían:
  • Individuo productor-consumidor: especializarte y ser útil al Sistema, como premio verás tus necesidades cubiertas (donde hay premio hay castigo, si es que al despiadado Sistema no le resultas útil).
  • Empresa: identificar una necesidad y cubrirla, o mejor aún, crear una necesidad nueva y hacerla imprescindible. Perseguir el beneficio, optimizando los modos de producción: tener ideas e invertir en ellas en busca de la eterna renovación.  
  • Gobierno: escuchar el clamor del pueblo, tenerlo satisfecho y lograr su bienestar, porque si no, entre los frustrados los mejores te montarán un 15M, y los peores un Utoya. Que realmente impere la justicia es la mejor receta; otra opción es llegar a tenerlos adormecidos mediante panes et circenses.
Este es, simplificado, el ABC del “Sistema” tal y como está montado (no lo defiendo, sólo lo describo), con sus cosas buenas y malas. Nacerás, te educarás y encajarás en alguno de estos roles durante un tiempo. Luego te retirararás y finalmente desaparecerás, procurando mientras tanto haber colmado tu vida a tu manera… y todo segirá igual sin tí.

Pero seguramente esta respuesta no te valga, es un razonamiento demasiado prosáico. Si me preguntas con inquietud humanista por un sentido más profundo “…en definitiva ¿para qué todo?”, te respondería que para nada: en la naturaleza no hay un motivo o un prediseño para los sistemas complejos. El universo, la naturaleza, y la maquinaria social, nuestro gran hormiguero, evolucionan en realidad por sí solos. Hayek defendía el surgimiento expontáneo mediante prueba y error de sistemas tan compejos como el lenguaje, los ecosistemas naturales o nuestro propio sistema social, para defender que la no intervención del Estado es la mejor alternativa, yo sin embargo estoy en desacuerdo, creo que la panificación e intervención directa puede acortar los largos plazos asociados a estos procesos de ordenación del caos, y puede además paliar el sufrimiento asociado a la selección darwinista.

La humanidad navega montada en esta pequeña roca a empujones de progreso y tropezones de regresión. Los mejores productos de su avance son ciertos individuos, máximos exponentes de culturas fantásticas. Cuando éramos unos 250 millones de entre ellos salió un Pitágoras, un Confucio; de entre 300 millones surgió Arquímedes. Cuando éramos 350 millones tuvimos un Vitrubio, un Virgilio, o más adelante un Marco Aurelio, y muchos más cuyo legado ha sido borrado por los años oscuros. De una masa de 500 millones salieron Miguel Ángel y Leonardo, de 700 millones Leibnitz, Vivaldi o Newton, de 1.000 millones Beethoven, Goya, Gauss, etc., y así hasta nuestros días.

Todos ellos, de Marie Curie a Lady Gaga, son cumbres en la cordillera de nuestra historia y quizá dan el sentido subjetivo que buscas a la existencia de la humanidad, aunque repito, no debemos ser antropocéntricos… no somos el centro de nada… ni el asombro de un hipotético espectador externo que nos mira desde los cielos (salvo en el caso de Lady Gaga, capaz de dejar boquiabierto al más pintado). De existir este observador imparcial, seguramente la minúscula ordenación de materia en una célula eucariota, junto con todas sus posibilidades de especialización, le parecerán algo tan prodigioso como nuestra propia sociedad, porque este hecho biológico minúsculo es también asombroso comparado por ejemplo con la vasta simpleza de un sol en funcionamiento.

Este escepticismo, que puede parecer dar una visión desilusionada de la Vida, descrita como un hecho sin finalidad (¿un sinsentido?), no es ni mucho menos señal de algo así: si pasamos de hablar del pasado, presente y futuro de la Humanidad, a tratar sobre la existencia de cada individuo, en el agnosticismo, en el ateísmo humanista, puede haber tanto amor por la existencia como en cualquier religión vivida con pasión. Y ello sin necesidad de justificar que somos importantes para algo o alguien superior. Disfrutar de los mejores momentos, reconocerlos y valorarlos (nos los regalan nuestra gente, la familia, nuestros hijos), conocer nuevos lugares, cielos distintos, todo esto no es menos pleno por no esperar nada más allá de la muerte, sino que seguramente puede ser incluso más intenso por la consciencia de que los días, los minutos están contados, y por tanto han de aprovecharse al máximo.
Conviene recordarlo para que, quienes se apiadan de nosotros, los ateos, creyéndose mejores, no encuentren motivo de compasión, ahora que vienen a mi ciudad a exaltarse en eufórica comunidad. Por tanto, señores del JMJ, soy inmune a su proselitismo: les agradecería mucho que me dejasen en paz.
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2 pensamientos en “Por qué no necesito la religión

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